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  Todo tiene belleza, pero no todo el mundo la ve. -Confucius   Flotar en Tinta China La puerta que daba a las escaleras se cerró con un prolongado chirrido. Me senté en el segundo escalón y apoyé  quejumbroso mi  espalda en el cemento.   Cuando oí el click supe que había quedado sumido en la más absoluta oscuridad, aquella súbita oscuridad que había rehuido tantas veces  después de haber estado tendido cara al sol en la terraza .   Los gruesos muros bloqueaban los ruidos del exterior, donde también había anochecido, y los acelerados latidos de mi corazón parecían retumbar en la vertical caja.   Abrí los ojos con temor.   Como cuando era niño y, bañado en transpiración, miraba entré las sábanas hacia la cortina que cubría la entrada al dormitorio que compartía con mis hermanos, quienes dormían plácidamente, ajenos a mis miedos. Después de un momento, mi corazón se aquietó, y entonces comencé a   descubrir una impensada belleza.   Ni siquiera lograba ver mis manos. Ojalá pudier
    “La Decisión” I Isabel se desmoralizó al ver su cara en el espejo. Llevaba tres días despertando con náuseas, y lucía pálida y ojerosa. Al principio pensó que algo le había caído mal. Pero como no tenía otros síntomas que pudieran apuntar a una indigestión, desestimó esa posibilidad y prefirió pensar que el estrés le estaba pasando la cuenta. De todas formas, y solo para su tranquilidad, había pedido una cita con el médico que la atendía desde hacía unos años.               —Amor, ¿te sientes bien?   —oyó a Gaspar preguntar desde el dormitorio.             —Sí —respondió ella con desánimo. Le había costado un mundo poner un pie fuera de la cama. Y recién era martes.             —¿Te falta mucho? Ya van a ser las ocho y media.             —Ándate no más. Yo me voy a tardar un poco.               —Bueno. Que te vaya bien con el médico. Llámame cuando salgas de la consulta.             —Okey.   Isabel saludó a la recepcionista y se dirigió a la sala de reuniones